Muchas nunca nos atrevimos a jugar al fútbol. El miedo a no ser buena, la inseguridad sobre nuestro cuerpo adolescente, el ver que no había ninguna que lo hiciera, la timidez, el no hacer ruido, el que no se te note demasiado… Así crecimos muchas que creíamos que no nos interesaba el deporte simplemente porque percibíamos el deporte como un espacio no seguro.
Ayer me emocioné viendo un partido de fútbol. Creo que era la primera vez que me pasaba. Seguí algún mundial por la excusa de pasar un rato con amigas tomando unas cañas y recuerdo ver en pantalla grande el gol de Iniesta. Me divertí, pero sabía que era un espacio que no sentía como propio. Con los años, todo lo que rodea al futbol hizo que no ver un partido fuera casi una decisión política.
Ayer también fue una decisión política verlo. Aunque no tuviera ni idea de nada.
Vi el partido en el bar del pueblo. Poco a poco, el bar fue llenándose de personas de todas las edades.
Me gustó ver a niñas viendo el partido, pero también a niños. Me gustó especialmente ver a niños que ven a mujeres jugar. Jugar bien. Y ganar. Las animaban todos, emocionados.
También escuché algún comentario machista de lejos al que no quise hacer mucho caso. No quería que algún hombre desubicado en este siglo me estropeara el momento. Igual que lo estropeó ese señor al que le gusta manosear y besar a las jugadoras sin importarle el consentimiento y lo inoportuno de sus gestos, su actitud rancia, machista y asquerosamente prepotente.
Siguen los comportamientos y los mensajes machistas. El lenguaje sigue siendo masculino aun cuando se refiere a campeonas. CAMPEONAS, con A.
La diferencia es que cada vez hay más personas que señalan estas actitudes. Hay respuesta.
El cambio ha empezado y no hay vuelta atrás.
Y ayer, como muchas mujeres que no seguimos el fútbol, me emocioné porque el partido no era solo un partido.
No “solo” han ganado un mundial (algo que, evidentemente, es un enorme logro). Quienes han ganado el mundial son mujeres que han tenido que enfrentarse a muchas barreras, a malas condiciones de trabajo y a muchas miradas, comentarios y actitudes machistas. Por eso, hasta quienes nos sentábamos en la esquina del patio durante los recreos del colegio, allí donde no podíamos molestar ni hacer ruido, sentimos este logro como algo propio.


